
10 de Mayo de 2022
“No hay nada que afecte más a la historia que la falsificación de la verdad”
Ibn Jaldún. Historiador y sociólogo del siglo XIV
Proponiendo éste luego, que de ser así,
…“insanos prejuicios se adueñarán tanto de las facultades mentales como de la licitud de la investigación, arrojando como resultado la propagación de la falsedad”

Esto se escribió hace siglos, no obstante son válidas hoy en día también en casi todo ámbito humano. Entonces cabría cuestionarse, cómo podríamos prever que intereses personales y egoísmos latentes interfieran en nuestro pensamiento crítico. ¿Por qué a lo largo de la historia, humana y también cotidiana, familiar, social y laboral; nos petrificamos a la hora de buscar la verdad? ¿Cómo podemos resolverlo de una vez por todas? ¿Cómo podríamos sino aportar o ser artífices de las mejoras o sustento de nuestras realidades más cotidianas si no es sobre el cimiento de la verdad? ¿Cómo mejorar lo que no vemos o no aceptamos como realmente es?
Aquí trataremos de comenzar el camino de la solución para este tema no menor y tan cotidiano.
Los de mi humilde profesión, los ingenieros, necesitamos de la verdad para conocer las causas de las problemáticas industriales y sociales en nuestras empresas de incumbencia; para prescribir hipótesis de soluciones posibles; y arremangarnos para llevarlas a cabo junto con otros creando una nueva y mejor realidad. A la luz de los hechos de la historia, entiendo que esto es un asunto social y mundial, que puede y debe tal vez; ser extrapolado a todos los ámbitos humanos. Principalmente a los terrenos de las ciencias sociales que son quiénes deben aportar luz al camino humano general.
Paso inicial, como decía Sócrates a través de Platón, “Conócete a ti mismo”. Allí, para el filósofo, debía estar el principio de todo, comenzando así por la más importante y accesible de las obras de la creación, el Yo. Para así luego ir en busca de la verdad, las causas de las problemáticas y sus soluciones, o simplemente encarar nuestro día de cada día, yendo al trabajo, buscando trabajo, compartiendo con un amigo, un familiar o simplemente viviendo.

Deberíamos poder responder con facilidad preguntas como:
• ¿Por qué hago lo que hago, elijo lo que elijo, pienso lo que pienso, creo lo que creo, siento lo que siento, y no otra cosa?
• ¿Cuáles han sido los acontecimientos más relevantes de mi vida? ¿En qué medida han influido en lo que hoy soy o no soy?
• ¿Qué atributos considero que definen a mi persona? ¿Hay alguno de ellos que no me representa y tenga; o que no tenga y me represente?
Todo esto, siguiendo esa línea socrática tan sencilla, que reza que el camino a la Verdad está en principio la introspección.
Si somos honestos con nosotros mismos, no vamos a tardar en advertir y reconocer rasgos propios que despiertan sensaciones incómodas y contradictorias hasta hacernos sentir algo obtusos. Experiencias que nos avergüenzan, actos inmorales, desventajas fisiológicas, malas decisiones. Sin embargo, una de nuestras mayores debilidades está relacionada con la razón, en que es probable que muchos de nosotros prefiramos querer tener razón en vez de razonar. Puede que nos cueste en sobremanera poner en duda la capacidad de nuestro intelecto ante las diferentes personas y situaciones. Si me piden que justifique un informe de datos o un artículo, o libro que se supone que debería haber leído antes de opinar sobre una temática referida, ¿qué voy a decir para que los demás no me tilden de tonto o necio? Si no entiendo lo que mi compañero está diciendo o me pierdo en su línea argumentativa, ¿qué le respondería para demostrarle que he captado su mensaje? ¿En caso de que me contradijera lógicamente, cómo podría salir del asunto sin que se note? Muchas veces queremos custodiar nuestra imagen como sujeto pensante ante los demás.
El deseo de un sujeto por desear parecer perfectamente lúcido ante ojos ajenos cuando las grietas de su intelecto son a todas luces visibles se ha denominado por el neurólogo Ernest Jones como síndrome de dios. A grandes rasgos se trata de un apego enfermizo por una perfección intelectual que solo existe en el individuo apegado. Es solo un ejemplo entre muchos otros de las degeneraciones de las que podemos ser parte en nuestra vida diaria, anímica y laboral.
En el terreno de lo cotidiano, de lo laboral, de la vida secular o la de cada día. ¿Acaso no necesitamos montar a la verdad para recorrer ese sendero? ¿Cuántas veces partimos de la misma ausencia de ella y por ende nos condenamos a errar el camino, y hacerlo errar a otros?
Al buscar una causa raíz de un problema, sea técnico, natural o humano, que en esencia es lo mismo, ¿nos planteamos con introspección a nosotros mismos y planteamos a los demás la verdad con sinceridad?
Al buscar un trabajo, una pareja o reconocimiento, creemos como verdad que somos las víctimas de un juego perverso que casi siempre nos desfavorece o bien ¿tal vez no seamos del todo los indicados para tal o cuál desafío, compañía o reconocimiento, ya sea porque no tenemos las competencias, habilidades o no somos capaces de cometer las bellas acciones requeridas para ello?
Al mantener un empleo, una pareja o una familia, ¿somos los agentes de cambio que requiere la coyuntura actual y de todas las eras desde nuestro microcosmos? ¿Actuamos de manera firme, hospitalaria y no egocéntrica para con nuestro entorno y personas allegadas?
Al ejercer nuestra porción de poder debida en la vida y trabajo, sea como padre o como jefe o responsable de algo; ¿somos el motor y sistema conductor de ese poder destinado a movilizar, a calentar dónde hace frío y a iluminar dónde hay oscuridad? (poder en inglés se traduce como power que también es potencia). ¿Somos poseedores de la sabiduría y estabilidad para que ese delicado sistema funcione con la mayor justicia posible y con el mejor rendimiento posible para todos y con los mejores resultados, y no con lastimeras consecuencias? ¿Puede ser que muchas veces utilicemos esa energía egoístamente para nosotros mismos por primero y por último?
Además de estas sencillas preguntas ejemplo, son miles las que podemos hacernos a nosotros mismos en busca de la verdad. Porque la verdad nos hará libres desde el alma misma y desde allí liberará a otros. Es y será la piedra angular de tanto una vida digna de no ser desperdiciada instante a instante; y será el camino inicial de las soluciones a los problemas que sistémicamente nos atañen a muchos.

Cuando hayamos asegurado esta parte interna con el chequeo de la verdad, recién allí podremos levantar el vuelo hacia la búsqueda de la misma en nuestro exterior.
Este camino de autodescubrimiento comienza con preguntas sencillas del tipo como:
• ¿Qué puedo estar haciendo mal sin apenas percatarme?
• ¿Qué situación ha despertado en mí conductas que me alejan de la virtud?
• ¿En qué creencias me estoy aferrando ciegamente sin haberlas sometido a un análisis minucioso y objetivo?
Esto es sencillamente un enfoque cognitivo desarrollado por el método socrático, una herramienta milenaria que está allí para ser utilizada por cada generación.
Desde luego, al principio reconocer nuestro minúsculo papel generador de verdad nos hará sentir aturdidos y confundidos. Pero es precisamente el hecho de admitir las limitaciones, debilidades e imperfecciones; en tanto sujetos pensantes; lo que nos permitirá trabajar sobre ellas en lugar de negarlas, ocultarlas o minimizarlas.
Recién allí comenzaremos la elevación de nuestra conciencia para que la misma pueda desde una cierta altura ver y actuar con su verdad sobre un todo, sobre el exterior, interactuando y en conjunto de todos encarando la misma realidad y vida.